La lencería está tan fuertemente erotizada que puede sustituir, en la mirada masculina, a la mujer que la lleva
Según Héril, el fantasma está ligado a una voluntad de poseer algo, sin querer realmente obtenerlo: es una contradicción. La lencería les atrae irremediablemente, y forma parte de los juegos eróticos. Sin embargo, en algunos casos patológicos, la lencería está tan fuertemente erotizada que puede sustituir, en la mirada masculina, a la mujer que la lleva, sin importar si es una mujer real o un maniquí de plástico: provocará el mismo deseo, afirma Héril.
En el caso de la mujer, vestirse con lencería fina revela una dimensión autoerótica: al ponérsela se siente poderosa y deseable. No hay más que fijarse en la publicidad de lencería, en la que siempre aparece la mujer y no el hombre que la mira, porque en realidad la lencería se compra para una misma, y la mujer se mira y se admira a sí misma.
Héril considera que con esto queda demostrado que las proyecciones sobre la lencería son sexuales en el caso del hombre, y sensuales en el de la mujer. Sedas, encajes, tules, transparencias, pailletes… ya sea bajo un look sport con vaqueros y camiseta o bajo un arrebatador vestido de noche, la lencería es un arma de seducción que no falla.
El psicoterapeuta subraya que el color elegido tiene mucha importancia: el blanco, puro, cándido y virginal, es el preferido de las mujeres, pero el que menos gusta a los hombres, que por lo general prefieren el rojo, el color de la pasión, o el negro de la seductora fatal y misteriosa.
Asimismo, asegura que el amarillo es el color del dinamismo y es capaz de volver audaz a la mujer más tímida, y que el naranja es el color de la libido. El rosa, picante y sexy, es otro de los clásicos que nunca falla.
Como dato curioso, aconseja evitar el violeta, que pese a ser seductor es el color de la espiritualidad, y se dirige más al amor meditativo y platónico que a las relaciones carnales. ¿Estás de acuerdo?
